«Hemos recibido hasta un bizcocho de la panadería Paco». A una de las auxiliares de un geriátrico de Elche se le quiebra la voz, porque están recibiendo ayuda de muchos entes locales. Los ancianos son el blanco de la diana del coronavirus, pero en esta residencia está todo tranquilo. Han organizado y separado a todos sus residentes de manera que si se produjera algún contagio no se propague.
Los residentes a los que todavía le queda una memoria viva hablan y reviven su época de guerra y postguerra y comparan. Y aún así, a nosotros solo nos piden quedarnos en casa, confinarnos para evitar la propagación de este virus que ha paralizado al mundo entero.
Hasta los manteros hemos visto cosiendo mascarillas o creando bancos de alimentos para todo aquel que lo necesite, y es que de esta tenemos que salir si o si, y de esta manera lo conseguiremos.
La incertidumbre es el sentimiento más arraigado, más transmitido y sin embargo, cada uno vive su situación superando días, asomándose a una ventana o balcón, haciendo videollamadas con las personas queridas y aumentando la necesidad de un contacto necesario, que por algo somos seres humanos.
El capitalismo destrozó la industria en España, expulsó del sistema a científicos e ingenieros que partieron en busca de un mundo profesional mejor, donde se les reconociera su trabajo o simplemente, les dejaran hacer. La crisis actual ha puesto de manifiesto que un país no puede vivir si una infraestructura dedicada al I+D ni a la industria. Lo bueno, que en las crisis surgen las necesidades y sobre todo, las personas que se atreven a romper con los tópicos.
En este reportaje no voy a citar nombres porque no tendría espacio suficiente para engrandecer y dar valor a cada persona, que confinadas en sus casas, están totalmente involucrados en proyectos y ayudas que permitan frenar o aliviar la desgarradora crisis sanitaria que estamos sufriendo a nivel mundial.
Diseños de respiradores impresos en 3D, costureras y aparadoras en una batalla defendiendo su ciudad del virus, apretando el pedal de sus máquinas de coser haciendo mascarillas de protección con telas y con tejidos donados por empresas, que buscan aportar algo por lo que sentir que se entregan a la causa.
Y entre tanto, esta guerra de sofá conectados a nuestros móviles también hace que el ingenio y el humor español florezcan pero también siembren ese odio que separó a España en otra guerra, esa que recuerdan los residentes del geriátrico que ellos vivieron, y que superaron y que nos alientan diciendo que hay que ser fuertes y resilentes y que todo pasará.
Y entre todo ese dolor la esperanza se escapa por las ventanas entreabiertas de nuestro país. Porque toda esa energía e ilusión de esos anónimos (algunos emprendedores aún sin saberlo) están sembrando la semilla en una tierra que estamos abonando de caos, germinará eso que muchos sabían que podía conseguirse: que tenemos capacidad, profesionalidad e ilusión para levantar nuestro país.